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martes, 27 de julio de 2010

Almadrava, el concierto, la puesta de sol



(NOTA: No pedí permiso a los cantantes para subir algunas de éstas fotos. Mi intención es totalmente desinteresada; si alguien sale en ellas y se siente molesto, por favor, que se ponga en contacto con la dirección de email que aprece en mi perfil, en aras de retirar la foto. Gracias.)

La tarde transcurrió tranquila en la playa del Racó. La gente iba y venía ante un mar tranquilo mientras el escenario se iba vistiendo para la ocasión. Yo llegué sobre las 18h y fue muy agradable tomar el sol de la tarde ante un ambiente playero diferente del masivo de las playas más cercanas a Barcelona, mientras escuchaba los ensayos de los tres grupos que actuaron esa noche. ¡Incluso dediqué un rato a estudiar! Pude cenar en un chiringuito cercano, en donde pude pedir una hamburguesa de tofu con una ensalada griega a buen precio (la crisis llega hasta la Costa Brava, aunque nos quieran vender lo contrario). A medida que el anochecer avanzaba la playa se fue llenando de gente. El ambiente era muy varipinto: muchos turistas, familias enteras, familiares y amigos de los grupos que actuaban (un grupo local, un componente de Almadrava en solitario, Joan Berenguer y los susodichos)... algunos con la cena, otros con sus latas de cerveza, otros nos dedicamos a pedir algún mojito en el chiringuito cercano... al caer la noche alguien se dedicó a plantar antorchas en la arena, que dieron un carisma muy tribal al encuentro.

Lo pasamos bien. Se nota que los que estábamos conocíamos las canciones de Almadrava y más de uno las cantaba al mismo tiempo que Patricia. A mi lado un señor holandés me decía que ya había venido otros años y que conocía el grupo, sonreía divertido mientras yo decía esta o tal otra, canturreando muchas de sus letras, que me sé, por supuesto.

Joan forma parte de Almadrava y canta en alguna canción con Patricia. Nos presentó composiciones suyas cantadas en solitario con uno de los miembros del grupo a la guitarra. Algunas de sus canciones dieron de lleno en la diana de ciertos sentimientos. Me gustó su estilo y tras el concierto le compré a él mismo el Cd con las canciones. Bromeé con mi pareja sobre los buitres de la SGAE y de cómo se las han de ver los artistas que pretenden ganarse la vida de su buen hacer. En el fondo no deja de ser escandaloso y algo triste, aunque, la coyuntura económica actual está a mi entender llena de tristeza.

Patricia estuvo como siempre, genial, una mujer bella, con talento y buena voz, muy educada y bromista. Tiene un sentido del humor peculiar, muy alemán, pese a lo integrada que está en la vida Mediterránea. Dedicó algunas de sus canciones favoritas, como Distancia del Mar a aquellos que, dijo casi textualmente, están lejos de él y lo añoran. Nos obsequió con una versión acústica de un tema de Snow Patrol, Chasing Cars que nos gustó a muchos de los presentes. Todo ello bajo un cielo lleno de estrellas y una brisa fresca que invitaba al baile relajado y la contemplación.

Me encantó el concierto. Cuando me iba, un DJ ponía, tras la marcha de los Almadrava, música de ritmo para bailar, a la que no me apeteció sumarme. Mi dosis de placer ya estaba colmado con lo anterior.

Almadrava suele organizar al menos un par de eventos así. Creo que el próximo es sobre el 7 de agosto en L'Estartit, no muy lejos de Pals i Begur.

La experiencia recargó mis baterías de energía positiva. Regresé el domingo a la gran ciudad con la sensación de haberme desintoxicado por completo.

Si tenéis la oportunidad de verlos de nuevo, no os los perdais. Iniciativas como ésta se han de apoyar, máxime en un momento de crisis en las que los conciertos de buena música al aire libre no abundan. La alternativa no adolece de cierto sentido ecológico...

sábado, 10 de julio de 2010

Barcelona - Sefarad



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Los viernes son días muy largos para mí. Me voy a las 7 de la mañana de casa y regreso sobre las 21:30 h. A la jornada laboral de suplencia que me toque, he añadido 5 horas de clase, ya que sigo enfrascada en la preparación de oposiciones (las próximas en octubre).


Entre trabajo y clase me queda una hora o hora y media a lo sumo, que aprovecho para comer algo o tomar un café antes de entrar a la academia.

En tal coyuntura, hace un par de semanas, tomando café antes de clase, encontré información sobre la cultura hebrea en mi ciudad en el suplemento del diario de La Vanguardia. Hay una tienda de vinos kosher y libros en el barrio Gótico, concretamente en la parte judía de esta zona, llamada comúnmente en mi idoma Call jueu. También supe que existe lo que se llama el Centro de Interpretación del Call. Me interesó y decidí que haría una visita a la tienda. Como siempre, despistada como soy, me fui a clase sin apuntar direcciones ni más datos.

Este verano trabajaré de nuevo en el Hospital, básicamente en el Servicio de Psiquiatría, con alguna incursión de algunas semanas en otros Servicios. Trabajar allí, aparte del reto que supone, tiene el plus añadido de un horario ventajoso (a priori, de ocho a tres de la tarde, si acabo el trabajo, claro, en el hospital "no se nos cae el bolígrafo a las 15:00h") y como vivo no demasiado lejos, implica un paseo agradable desde mi casa, a veces por el puerto y otras a través del Raval-barrio Gótico-La Ribera.

Hace un par de días, durante mi regreso a casa, recordé la tienda hebrea y decidí regresar a casa por el barrio Gótico. En la plaza Sant Jaume me detuve, pensé dónde estaba el Call y dejé a mis pies tomar un rumbo.

A los cinco minutos, sin saber en qué calle estaba, me había plantado ante la tienda. Se llama, claro, Call Barcelona.

Entré a curiosear. La tienda está en una parte muy tranquila y poco transitada, está pulcramente organizada, de tal manera que el tiempo parece detenerse. Estuve curioseando entre los libros, los vinos y cavas que allí venden. Finalmente pregunté a la persona que atiende y acabamos charlando durante media hora sobre los vinos kosher, la cultura hebrea, la religión y la Kabalah. La conversación resultó tan intensa que cambié mi primera opción de llevarme un libro sobre cocina sefardí por una curiosidad: La esencia, el infinito y el alma, de Haim David Zukerwar, que el dueño de la tienda me recomendó como introducción a la filosofía hebrea.

Hoy he degustado una botella de cava kosher, fabricado en mi tierra por la casa Vallformosa (una bodega pequeña y de calidad, para los que amamos el cava). La persona que me atendió me explicó alguna de las particularidades de la elaboración del cava y los vinos, de la situación del judaísmo en el mundo. El cava me resultó suave y afrutado, un brut muy bueno, con una excelente relación calidad-precio.

Cataluña guarda bastantes recuerdos del nuestro pasado común hebreo. Son fáciles de reconocer en ciudades como Girona, Montblanc, Barcelona... se ha hecho un esfuerzo importante en recuperar estas zonas tan bonitas (algunas, como el Call de Girona son espectaculares).

Por otro lado me abrumó descubrir que, frente a 1.200 millones de practicantes musulmanes (aproximadamente) y tropecientos millones más de católicos y cristianos diversos, la población hebrea apenas asciende a unos 20 millones de habitantes. En mi ignorancia pensé que eran bastantes más. Este detalle añadió un punto más de admiración hacia un pueblo que se resiste a ser barrido del mapa sin más entre el maremagnum de la globalización. Por lo que he podido constatar, en España viven, aproximadamente, entre 10.000 y 25.000 hebreos.

No voy a entrar en cuestiones políticas, complejas para mí por desconocimiento. Como persona que admira la cultura y el saber, he gustado de conocerlos. Hace ya bastantes años pasé un fin de semana en Girona, precisamente en el Call jueu de esta ciudad. En el tren de regreso a Barcelona coincidí con lo que intuí después que debía ser un rabí , con el que mantuve una conversación sobre la historia medieval de Girona; aquel hombre, educado y extremadamente culto, selló un grato recuerdo de aquel viaje. Ahora sé que en mi ciudad hay lugares de encuentro con la cultura hebrea.

Si os gusta el buen vino, el paseo tranquilo por una de las zonas más bonitas de Barcelona, conversación educada y agradable, pasaos por El Cally no olvidéis la tiendecita. Os gustará.

sábado, 11 de julio de 2009

Back on top again: A tale from Burgos


6 días de descanso. Un lapso escaso para recuperar energías y la dichosa paz espiritual que tanto se nos vende en extrañísimas formas.



No vale quejarse. El viaje resultó magnífico.

Durante estos días dejé de lado el móvil, la televisión, los diarios (que nunca compro, que apenas leo). Las vacaciones de otro modo no me parecen tan completas.

Me gusta viajar. Cada vez más. He ido aprendiendo de cada pequeña salida que realizo a planificar, pero no demasiado, a dejar una puerta abierta a imprevistos y a la aventura. Voy logrando mochilas cada vez más ligeras. Con cada viaje descubro que voy necesitando menos de todo. Es una sensación tremendamente liberadora. Coordinarlo todo con el resto de la familia va dejando de ser traumático a como solía ser años antes.

Mi destino este año fue Burgos, en la parte nororiental de la comunidad de Castilla y León. Dista de Barcelona unos 590 km.

La parte sur de la comunidad, me dicen, es más seca. En Burgos se alternan inmensos llanos cultivados (con cereales en su mayor parte) con varias sierras y muchos bosques. Los ríos son una constante en esta zona, la mayoría de los que recorrí son afluentes tributarios del Pisuerga y del mismísimo Duero.




Los paisajes de los que disfruté son magníficos, no me esperaba tal estallido de color en esta zona de Castilla.

Sus pueblines son pequeños, a veces apenas unas pocas casas, pero siempre con su pequeña iglesia (coronada por nidos de cigüeñas, que fascinaron a toda la familia) y el bar. En todos los que visité había llegado el brazo del reciclaje, y la tríada de contenedores azul, verde y amarillo estaban bien visibles desde la carretera. Contenido básico de los pueblos: iglesia, bar y quizá alguna pequeña tienda para surtirse de lo más básico. Los mayores solían mirarnos pasar con curiosidad, desde sus asientos, a la fresca de la tarde. El tiempo se detiene en estos lugares, no entiende nuestras prisas, nuestra premura civilizada por degustarlo todo rápido rápido.



No pudimos disfrutar de todas las maravillas que los alrededores de Burgos ofrecen. Tampoco soy amiga del estilo "a la carrera" de ir viendo museos, pueblos, para presumir luego de la gran cantidad de lugares que uno ha visitado. Prefiero elegir unos pocos lugares, verlos con calma, disfrutar y tomarme tiempo para ir empapándome de lo que veo. Odio las prisas. Ciertamente las odio, yo, una apresurada urbanita mediterránea.

De esta guisa paseamos por el centro histórico de Burgos. Pasamos unas horas viendo la catedral, presentamos nuestros respetos ante la tumba de Doña Jimena y el Cid. Nos perdimos por sus innumerables rincones y salí borracha de arte y retablos. También subimos a la fortaleza de la ciudad, que muestra el trabajo de restauración que está llevando a cabo el ayuntamiento. La alcazaba está rodeada de un parque muy bonito desde el que se puede contemplar toda la ciudad, sus campos y sus sierras al norte y este de la ciudad. Uno de mis principales intereses fueron, cómo no, el yacimiento de Atapuerca. Visitamos Salas de los Infantes, en donde se puede visitar el interesante Museo de arqueología y paleontología. Estuvimos en Santo Domingo de Silos, visitamos Lerma, caminamos por el pequeño desfiladero de la Yecla. Bordeamos el valle de la Demanda, con sus cumbres y sus inmensos bosques. Dedicamos un día al nacedero del río Nervión, en esa zona fronteriza entre Burgos y Álava. El nacedero (nos avisaron) anda seco en estas épocas del año, por lo que no pudimos disfrutar de la imponente cascada que se forma. De todos modos, en el monte Santiago hay unos itinerarios a pie muy interesantes que permiten conocer todo el macizo y muestran el nacedero desde su parte superior, con vistas espectaculares de todo el valle desde un mirador que es una pesadilla para los que sufren de vértigo. Sus hayedos son... una maravilla para brujas como yo. Es difícil describir con palabras la sensación de inmensa paz que me recorría escuchando mis propias pisadas en el bosque, el crijido de las hojas bajo mis botas, los cantos de sapos y criaturas que se intuían a lo lejos, en una mañana fría, gris y sin apenas más visitantes que nosotros.


Quizá no es mucho, pero lo vimos despacio y hemos regresado con los ojos llenos de sensaciones, de colores más puros, de espacios más abiertos, de silencios más intensos.

Una de las cosas que ansiaba disfrutar más era precisamente esa: la soledad, el silencio del monte. El cámping en el que nos alojamos era pequeño, sencillo, pero cómodo y tranquilo, rodeado por bosques al lado del embalse de Uzquiza, a un par de kilómetros de Villasur de los Herreros. No había muchos turistas. De hecho apenas éramos 3 o 4 familias cada noche, salvo el fin de semana en que se animó un poco más. Por las tardes me gustaba mucho pasear por los bosques alrededor, o sentarme en el porche del bungalow con un libro a leer o simplemente a contemplar la lenta puesta de sol. Me choca que el sol se ponga media hora más tarde que en Barcelona por su situación más al oeste que mi ciudad. A veces ni leía. Me sentaba en la hierba a escuchar... a escuchar tan solo los murmullos de las aves, algún coche que pasaba a lo lejos, el rumor lejano del agua en el embalse o el de los rebaños de ovejas (muchas) que pastorean por la zona. Las cenas en familia: tranquilas en el porche ante la oscuridad creciente y una temperatura decididamente más fresca que la de mi tierra. Nos sorprendió encontrar mantas en las camas del bungalow. Las tuvimos que usar, dado el amplio intervalo térmico habitual en tierras de Castilla. Tras la cena un entretenimiento familiar al que he de decir que me enganché: el majhong.

Es posible que en días venideros cuente más cosas, sobretodo de Atapuerca porque fue muy interesante ver los yacimientos, lo que pueden mostrar de ellos y la reacción general de los visitantes. También merece la pena hablar de la cantidad de rutas de senderismo que hay, eso sin contar con el camino de Santiago, que tiene gran relevancia en tierras de Burgos.

Lo que tengo claro es que volveremos. Me encantó.

Lovecats, de Benita Winkler