martes, 28 de julio de 2009

Amor: responsabilidad o capricho



Un momento destacado de esta película, basada en un libro todavía mejor que el film (recordad que se hicieron dos versiones, una americana y otra europea, desde perspectivas muy distintas). Este momento, a mi entender, es fundamental. El vizconde de Valmont se me revela en toda su grandeza y su miseria. Podríamos tomarlo como... ¿educación sentimental para señoritas? ¿la cruda realidad? uhmmm, lo dejo a la reflexión de cada cual. Esta escena no deja de tener relación con las reflexiones que hace unos días vertía sobre las separaciones de algunas conocidas mías.

A los que amaron alguna vez, a los que nos dimos un buen coscorrón por confiar en quien no debimos, a los soñadores, a los valientes, incluso a esas marquesas de Mertouille y a esos vizcondes de Valmont que corren por la tierra, quizá sin darse demasiada cuenta de lo que son, les dedico este fragmento.

martes, 21 de julio de 2009

50 palabras, 60 palabras o 100



Estos días me he ido enterando de que varias conocidas mías se separan.

Casi todas son mujeres de cuarenta y pocos. Muchas con críos, en algunos casos todavía pequeños.

Una separación en sí misma no es una mala noticia: dos personas han decidido que su proyecto de vida quedó obsoleto, que desapareció el amor, las ganas de estar juntos... en cualquier caso, si no hay voluntad de manterse unidos lo más honesto es seguir cada uno su camino.

Lo que me sorprende es ver la gran cantidad de gente que se separa. Antes no se separaba nadie, claro, ni había un marco legal que lo permitiese, ni la mujer podía tomar decisiones independientes del marido. Apenas algunas de ellas eran independientes económicamente (un detalle bastante importante). La moral al uso descalificaba a la esposa y la hacía culpable casi "por defecto", la mujer separada era "algo devaluado", de segunda categoría.

La situación actual es distinta y compleja. La mujer ha ganado independencia legal que la convierte en ciudadana de pleno derecho (no subordinada a un hombre, padre, hermano o esposo). El acceso al trabajo posibilitó esa "habitación propia" que tanto reivindicaba Virginia Wolff, ya en el siglo XIX, como antesala de la verdadera independencia femenina. Los valores han cambiado radicalmente en apenas el transcurso de mi propia generación. Las mujeres de hoy pueden elegir entre casarse o no hacerlo, entre tener hijos o no tenerlos, pueden separarse y ser madres solteras y nadie se escandaliza.

En mi caso, he vivido ese cambio a lo largo de mis años de vida. Fui educada para ser una mujer decente. Se me enseñó a temer al macho. La figura el padre en mi casa era la de un tótem que con una mirada podía fundir nuestro valor. Fui testigo de la sumisión casi total a las decisiones de mi padre. Siempre se relacionaron con afecto, pero al mismo tiempo desde la superioridad indulgente de mi padre. Vivimos las leyes de apertura con sorpresa en casa y se me amenazó con la expulsión del hogar si se me ocurría regresar a casa embarazada. Asistía perpleja al relato de las aventurillas corridas por mi padre de joven (visitas a burdeles incluidos) con los consabidos juicios de "nadie se casa con una mujer fácil" y con los apelativos despectivos hacia fulana o mengana por hacer exactamente lo mismo que había hecho mi padre. Los consejos a hurtadillas, los ruegos de mi madre a "que no hiciera una barbaridad" con mi virginidad... todo eso fue quedando en el olvido al correr del tiempo. Cuando mi hermana se separó en el año 89, apenas un año después de haberse casado, una crisis estalló en mi casa. Parecía el fin del mundo. Apenas diez años más tarde, media familia andaba separada, con lo que nuestros mayores se fueron acostumbrando. Ellos siguen sin compartir ese modo de vivir, pero al menos no les da una arritmia cada vez que alguien de la familia tiene un hijo sin casarse o viven en pareja sin el consabido paso por la iglesia o el juzgado...

Veo bien que la gente no tenga que soportarse eternamente si ambos no lo desean, me gusta que por fin ya nadie ponga en duda si tenemos alma o no, que podamos cumplir como ciudadanas igual que los hombres, que podamos trabajar, que podamos decidir sobre nuestra vida si no igual (eso aun está por lograr, nuestros condicionamientos biológicos como madres en potencia siguen pesando en esta sociedad, junto con la indiferencia masculina hacia este tema), sí muy parecido a como deciden los hombres. Estudiamos, trabajamos, pagamos impuestos y nos volvemos locas intentando compaginar nuestro trabajo con nuestra vida de pareja con nuestro cometido de madres, las que hemos decidido asumirlo.

Pero algo hay que no acaba de marchar bien. Quizá el proceso ha sido muy rápido y todavía estamos en la fase "elástica" de desmadre hasta que todos asuman nuevos roles y se relajen, o me da a mí que hay falta de compromiso, o que con el tiempo ese compromiso se torna insoportable y por eso la gente, acabado el rol de padres o incluso antes, vuela en busca de otros estímulos vitales. Los motivos que me cuentan... terceras personas, infidelidades repetidas porque tal o cual se siente "atrapado en una relación con hijos". Un primo mío, con gemelas muy pequeñas, dejó a su esposa porque "no había vivido lo suficiente"... el amor se acaba tan rápido como las existencias en la nevera. Quizá esto ya pasaba antes, pero simplemente, la posibilidad de recomenzar o probar suerte en otro lado no se contemplaba.

Quizá no es la turbulencia de estos tiempos que vivimos, sino algo más intrínseco nuestro, que nos impide ser felices con lo que tenemos, quizá somos como los niños, que se cansan tras haber jugado demasiado rato con el mismo juguete... los niños son egoístas y tal parece nuestro amor, tal y como me lo cuentan que funciona, en la ausencia de paciencia y respto hacia trayectorias vitales que después de todo no tienen por qué coincidir totalmente.

Es sorprendente tanto derroche de dolor y egoísmo tras las grandes palabras del amor.

lunes, 20 de julio de 2009

Nacionalismos












Hace muchos años acepté una entrevista que realizaba un estudio entre la juventud de la ciudad recién salida de la dictadura. No recuerdo exactamente lo que me preguntaron salvo una cuestión, que hacía referencia a mi sentir respecto a mi pertenencia nacional (española, catalana, las dos cosas)... recuerdo que, decidida, respondí que me sentía apátrida. El muchacho, joven pero mayor que yo, puso cara de susto y recuerdo que casi se escandalizó por la respuesta. No recuerdo mis argumentos para tal tajante afirmación. Quizá pesaban en mis quince o dieciséis años los eternos comentarios despectivos por ambos lados de mi familia (recordad que parte de mi familia es andaluza, pese a haber nacido y crecido en Barcelona, con la otra parte familiar alguna ranciamente catalana. Le dije como que la patria no era algo tan importante, después de todo.

Fue una respuesta algo naïf con ciertos deseos de "distinguirme de la masa" tan típicos de la adolescencia.

Luego, con más conocimiento de causa y tras superar esos prejuicios (al menos ignorarlos, la parte de mi familia catalana de entoces murió y cuando estoy con mis primos y mis tíos en Almería, tras años de comentarios y vagos reproches, simplemente soslayamos el tema y algunas veces me hago la sorda -y la tonta- a ciertos comentarios malintencionados) me pregunto hoy a mí misma qué relación tengo con la tierra en la que vivo.

He recorrido poco mundo, no he sido una gran viajera. Sin embargo he estado en lugares que me han hecho pensar y sentir distinto a mi modo habitual de pensar y sentir. Tierras magníficas que me han cautivado por esto o por aquello. No ha habido un lugar de los que he estado en los que no haya encontrado algo valioso. Cada tierra tiene su qué.

Lo cual me lleva a ese juego de afinidades con ciertos lugares. Es cierto que el lugar en el que se nace, en donde uno crece, en donde uno vive, es algo que nos condiciona. Después de todo somos la suma de muchas cosas y la resta de otras.



Pero me molesta profundamente la manipulación de que somos objeto con conceptos como nación, patria. Se apela a ella para pagar impuestos, para votar a tal o cual partido, para ir a la guerra contra otra nación, para odiar a este o aquel en base a su origen... Se usa el afecto a la tierra como otro instrumento de dominio. Se nos engaña de muchas maneras. Ésta es una más.

Siento grandes afectos por tal o cual tierra, algunas, ignoro la razón, me atraen más que otras. En cuanto me hablan de deberes, de patriotismos exarcerbados, no puedo evitarlo, me desinflo cual suflé al que le han bajado la temperatura demasiado rápido. Pero no quiero crear más fronteras a las que se van poniendo, nos van imponiendo, desde "las esferas de los que velan por nosotros". Prefiero sentirme tan solo una criatura de la tierra. Una tierra sin fronteras, sin barreras, sin etiquetas.

domingo, 12 de julio de 2009

45 veranos

Un día más. Un año más.

El tiempo, una señal. Se mira y contempla la imagen desde el espejo ¿atisbo de cansancio en la mirada? sí, pero también hay ganas de pelear.

Algunas canas en el cabello. Sin maquillaje, sin artificio. Sin filtro.

Mira y ve a sí misma, con 5 años recién cumplidos, lavándose las manos en el fregadero de la cocina. Lo hacía subida a un taburete, pues todavía no llegaba.

Recuerda con precisión ese momento. Lo recuerda, recuerda que pensó, casi alzando la voz, "tengo cinco años, ya, casi, soy mayor". Se ve a sí misma, una cría menuda de pelo oscuro, largo, lacio, en la penumbra de la cocina una tarde de verano, la de su quinto cumpleaños.

Hoy se repite el ritual del recuerdo. Ella se ve, se mueve con lentitud y recuerda que hace mucho supo, entendió, que el tiempo transcurría sin descanso. No creció demasiado, no pesa hoy mucho más de lo que pesaba hace cuarenta años. La ilusión... a ratos se le escapa por los ojos, a ratos parece haberla abandonado. Se siente algo sola, pero es algo que ya hace tiempo aceptó como intrínseco.

La primera vez que se enamoró supo lo que era la soledad. Ahora ya no tiene dudas.

Este último año fue especialmente duro con ella. No imaginaba las pruebas por las que iba a pasar. Afrontó todas: sustos familiares, la indiferencia y el desamor de alguien a quien creyó amigo, pequeñas traiciones, desprecios desde el entorno más próximo, desencantos profesionales... tuvo un poco de casi todo.

Sonríe vagamente. No se ha quejado en ningún momento. Sabe que incluso podría haber sido peor.

Así que hoy está aquí, se mira y sabe que es fuerte. Por más veces que se caiga o que la tiren... sigue aquí.

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There are betrayals in war that are childlike compared with our human betrayals during peace. The new lover enters the habits of the other. Things are smashed, revealed in a new light. This is done with nervous or tender sentences, although the heart is an organ of fire.

The English Patient (Michael Ondaatje)
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sábado, 11 de julio de 2009

Back on top again: A tale from Burgos


6 días de descanso. Un lapso escaso para recuperar energías y la dichosa paz espiritual que tanto se nos vende en extrañísimas formas.



No vale quejarse. El viaje resultó magnífico.

Durante estos días dejé de lado el móvil, la televisión, los diarios (que nunca compro, que apenas leo). Las vacaciones de otro modo no me parecen tan completas.

Me gusta viajar. Cada vez más. He ido aprendiendo de cada pequeña salida que realizo a planificar, pero no demasiado, a dejar una puerta abierta a imprevistos y a la aventura. Voy logrando mochilas cada vez más ligeras. Con cada viaje descubro que voy necesitando menos de todo. Es una sensación tremendamente liberadora. Coordinarlo todo con el resto de la familia va dejando de ser traumático a como solía ser años antes.

Mi destino este año fue Burgos, en la parte nororiental de la comunidad de Castilla y León. Dista de Barcelona unos 590 km.

La parte sur de la comunidad, me dicen, es más seca. En Burgos se alternan inmensos llanos cultivados (con cereales en su mayor parte) con varias sierras y muchos bosques. Los ríos son una constante en esta zona, la mayoría de los que recorrí son afluentes tributarios del Pisuerga y del mismísimo Duero.




Los paisajes de los que disfruté son magníficos, no me esperaba tal estallido de color en esta zona de Castilla.

Sus pueblines son pequeños, a veces apenas unas pocas casas, pero siempre con su pequeña iglesia (coronada por nidos de cigüeñas, que fascinaron a toda la familia) y el bar. En todos los que visité había llegado el brazo del reciclaje, y la tríada de contenedores azul, verde y amarillo estaban bien visibles desde la carretera. Contenido básico de los pueblos: iglesia, bar y quizá alguna pequeña tienda para surtirse de lo más básico. Los mayores solían mirarnos pasar con curiosidad, desde sus asientos, a la fresca de la tarde. El tiempo se detiene en estos lugares, no entiende nuestras prisas, nuestra premura civilizada por degustarlo todo rápido rápido.



No pudimos disfrutar de todas las maravillas que los alrededores de Burgos ofrecen. Tampoco soy amiga del estilo "a la carrera" de ir viendo museos, pueblos, para presumir luego de la gran cantidad de lugares que uno ha visitado. Prefiero elegir unos pocos lugares, verlos con calma, disfrutar y tomarme tiempo para ir empapándome de lo que veo. Odio las prisas. Ciertamente las odio, yo, una apresurada urbanita mediterránea.

De esta guisa paseamos por el centro histórico de Burgos. Pasamos unas horas viendo la catedral, presentamos nuestros respetos ante la tumba de Doña Jimena y el Cid. Nos perdimos por sus innumerables rincones y salí borracha de arte y retablos. También subimos a la fortaleza de la ciudad, que muestra el trabajo de restauración que está llevando a cabo el ayuntamiento. La alcazaba está rodeada de un parque muy bonito desde el que se puede contemplar toda la ciudad, sus campos y sus sierras al norte y este de la ciudad. Uno de mis principales intereses fueron, cómo no, el yacimiento de Atapuerca. Visitamos Salas de los Infantes, en donde se puede visitar el interesante Museo de arqueología y paleontología. Estuvimos en Santo Domingo de Silos, visitamos Lerma, caminamos por el pequeño desfiladero de la Yecla. Bordeamos el valle de la Demanda, con sus cumbres y sus inmensos bosques. Dedicamos un día al nacedero del río Nervión, en esa zona fronteriza entre Burgos y Álava. El nacedero (nos avisaron) anda seco en estas épocas del año, por lo que no pudimos disfrutar de la imponente cascada que se forma. De todos modos, en el monte Santiago hay unos itinerarios a pie muy interesantes que permiten conocer todo el macizo y muestran el nacedero desde su parte superior, con vistas espectaculares de todo el valle desde un mirador que es una pesadilla para los que sufren de vértigo. Sus hayedos son... una maravilla para brujas como yo. Es difícil describir con palabras la sensación de inmensa paz que me recorría escuchando mis propias pisadas en el bosque, el crijido de las hojas bajo mis botas, los cantos de sapos y criaturas que se intuían a lo lejos, en una mañana fría, gris y sin apenas más visitantes que nosotros.


Quizá no es mucho, pero lo vimos despacio y hemos regresado con los ojos llenos de sensaciones, de colores más puros, de espacios más abiertos, de silencios más intensos.

Una de las cosas que ansiaba disfrutar más era precisamente esa: la soledad, el silencio del monte. El cámping en el que nos alojamos era pequeño, sencillo, pero cómodo y tranquilo, rodeado por bosques al lado del embalse de Uzquiza, a un par de kilómetros de Villasur de los Herreros. No había muchos turistas. De hecho apenas éramos 3 o 4 familias cada noche, salvo el fin de semana en que se animó un poco más. Por las tardes me gustaba mucho pasear por los bosques alrededor, o sentarme en el porche del bungalow con un libro a leer o simplemente a contemplar la lenta puesta de sol. Me choca que el sol se ponga media hora más tarde que en Barcelona por su situación más al oeste que mi ciudad. A veces ni leía. Me sentaba en la hierba a escuchar... a escuchar tan solo los murmullos de las aves, algún coche que pasaba a lo lejos, el rumor lejano del agua en el embalse o el de los rebaños de ovejas (muchas) que pastorean por la zona. Las cenas en familia: tranquilas en el porche ante la oscuridad creciente y una temperatura decididamente más fresca que la de mi tierra. Nos sorprendió encontrar mantas en las camas del bungalow. Las tuvimos que usar, dado el amplio intervalo térmico habitual en tierras de Castilla. Tras la cena un entretenimiento familiar al que he de decir que me enganché: el majhong.

Es posible que en días venideros cuente más cosas, sobretodo de Atapuerca porque fue muy interesante ver los yacimientos, lo que pueden mostrar de ellos y la reacción general de los visitantes. También merece la pena hablar de la cantidad de rutas de senderismo que hay, eso sin contar con el camino de Santiago, que tiene gran relevancia en tierras de Burgos.

Lo que tengo claro es que volveremos. Me encantó.

Lovecats, de Benita Winkler