domingo, 14 de junio de 2009

Exámenes y verano: grandes novedades

La madeja de lana se va desenredando lentamente. El tiempo en la ciudad se revela ya abiertamente veraniego en el Mediterráneo. El aire fresco a la orilla del mar alivia la pasión de un sol que se revela fuerte, contundente, ya a primeras horas de la mañana, camino de mi trabajo.

A mi alrededor todo son planes, planes de vacaciones, planes para recolocar a los niños que en dos semanas dejarán la escuela, todo ello en los ratos libres que los que nos examinamos tenemos, todos planeamos y dejamos el presente un poco de lado, ni que sea unos momentos.

Ayer ya hice una parte de esos exámenes, creo que me fueron bien.

Siempre hay un momento en que odio estudiar, lo odio todo, y es cuando entro en el aula, me siento y el profesor de turno me da vuelta abajo los impresos del examen que habré de cumplimentar. Me pregunto por qué demonios me complico la vida si siempre he odiado los exámenes. Son un reto, una manera de plasmar todo el trabajo de un curso, el camino trillado del conocimiento que no tiene otra manera de demostrarse a sí mismo que en los exámenes. Estas son las reglas del juego. Ya lo he jugado otras veces y lo seguiré jugando, pese a ese momento de odio que siento ante la hoja en blanco. Nunca pienso en ese momento cuando decido ponerme a estudiar esto u aquello.

Ayer fueron las pruebas orales y escritas (resúmen, esquema y texto argumentativo). Escribir no es algo que se dé muy mal. Lo de hablar lo llevo peor, pero al final salí muy contenta, pues estuve lo bastante relajada como para poder presentar una disertación correcta sin grandes fallos de dicción. Una compañera de clase me dijo hace una semana que mi acento catalán era muy bonito. Yo todavía no he salido de mi asombro, pues al no ser mi lengua materna creo que tengo un acento más neutro que el de otros compatriotas más "nativos" que yo. Me hizo sonreír el comentario porque nunca he encajado del todo: mi familia andaluza criticaba con sorna mi fuerte acento catalán mientras que mi familia catalana me reprochaba la escasez de dicción catalana... el tiempo ha ido situando las cosas en su lugar.

Cuando salí del aula me asaltó un precioso día soleado, con el aire fresco y un sol radiante que empujaba al paseo. Anduve un rato oliendo como un animalillo el aire de la ciudad, las paradas llenas de flores, los colores del mercado cercano a mi casa... y otra sensación conocida me invadió: el alivio que se siente cuando uno se saca de encima un examen.

Odio y alivio, qué sensaciones tan extrañas, ¿no? pero me quedó una tercera, un tremendo sentimiento de libertad...

Una libertad relativa, pues me quedan todavía dos sábados más con exámenes, con esa tríada de odio-alivio-libertad rodeándome a ratos...

No hay comentarios.:


Lovecats, de Benita Winkler