jueves, 5 de febrero de 2009

La vida: un acto de equilibrio (dedicado a Salem)



Una tarde lluviosa invade la ciudad. He paseado bajo la lluvia por Montjuïc a primera hora de la tarde, dejando calar el agua en mi jersey y en mi pelo. El silencio de la montaña, la profundidad de sus verdes arbóreos se combinaban con el gris del cielo y todo el conjunto hacía dulce el paseo, sin demasiados pensamientos en la mente, dejando perder la mirada ante la curva sinuosa de Collserola al fondo, como una frontera que delimita, que protege, la ciudad.

A veces nos vemos asumiendo responsabilidades que no deseamos, o que no sabemos cómo nos caen encima, algunos seres son como imanes: atraen esas responsabilidades, como otros son artistas en endosarlas a los demás.

Decidir es un verbo castellano que viene del latín decidere. El prefijo de, indicaba separación y el verbo caedere, pegar, cortar, romper y matar. Realmente, su significado etimológico no deja lugar a dudas.

Tomar decisiones no es algo que nos guste demasiado, me temo. Tomar decisiones comporta un riesgo, el que equivocarse. Jugamos con la sensatez, con la osadía, deducimos las consecuencias en ocasiones, en otras, apenas nos atrevemos a adivinar lo que pasará. Decidir es un pequeño ejercicio de libertad, de la poquita que se nos permite.

Decidir no es peligroso, si es uno mismo quien sufre las consecuencias. No pasa nada. No es tan sencillo hacerlo cuando es sobre otro ser. En ocasiones jugamos a ser Dios y decidimos si alguien vive o no está ya en condiciones de hacerlo. Ahí se terminaron las facilidades, decidir es en sí mismo un acto injusto, terrible.

Hoy no es un día cualquiera. No muy lejos de aquí Salem quizá todavía dormite en un sueño inquieto, sueñe una vida, viva una muerte. No ha sido un día fácil para él, ni para Ada, que lo acogió y vive con él. Ada sabe que Salem no está bien. No hace mucho le dijeron que tan solo un milagro podría salvarlo. A veces, toda la magia del mundo no puede lograr lo que ya está escrito. Salem, como tantos otros seres, ha tenido mala suerte y le tocó la lotería de la enfermedad incurable. Había que ver hasta cuándo estaba ella dispuesta a dejarle sufrir.

Ayer lo hablamos: se le acaba el tiempo y ambas lo sabíamos.

Salem no puede decidir. Ada sí. Ada le dejará marchar con dignidad.

A Salem no le dolerá. A Ada sí. Mucho.

Tan solo deseo que Ada recuerde siempre que en el fondo, siempre ha sido así, la vida, dejando de lado que sea justa o no lo sea, es siempre, siempre, un acto de equilibrio. No es sencillo de entender, no lo parece, pero...

Quiero pensar, un poco inocentemente, que también es un acto de amor.




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Postcriptum: Me confundí. Ada adoptó en su momento a dos gatos en una protectora cercana a la capital catalana: Salem y Leila. Las fotos aparecen cambiadas. Salem es la preciosidad blanca y negra que, ahora sí, aparece en este post, escrito durante su última tarde en este mundo. Creo correcto dejar también una foto de Leila, la panterita negra que confundí en uno de mis típicos errores de bruja despistada que quiere llegar a todo y no puede. Leila sigue viviendo en casa de Ada, feliz y ajena (o no tanto) al dolor que ha supuesto para Ada la marcha de Salem. Dice un dicho hebreo "quien salva una vida, salva el mundo". La vida vale igual para un gato que para una mariposa que para un primate humano. La vida es vida y a mi modesto entender igual de sagrada, tome la forma que tome.

Va por ellos y por quienes la defienden, dentro del respeto y la sensatez.

9 comentarios:

Joselu dijo...

Tus reflexiones sobre el hecho de decidir me han hecho pensar, pero cuando has llegado a la historia de Salem y Ada, realmente me he estremecido. Es fácil ver una película como Mar adentro y pensar que el protagonista eligió su destino y parecerte bien; otra cuestión es ser tú quien sea el que tengas que decidir sobre la prolongación de la vida de otra persona. Prolongación que puede ser inútil y acrecentar el dolor. Sobre el papel parece fácil, pero referido a alguien que quieres tiene que ser terrible. Compadezco a los dos, pero no me gustaría estar en el papel de Ada. Un abrazo.

Gaëlle dijo...

A mí me pasó con el gato con el que crecí, Gatito (nombre muy original por otra parte!). Con 17 años se puso malito de repente y esa noche misma el veterinario nos dijo que no había nada que hacer, que teníamos que decidir entre terminar con su sufrimiento o que viviera un par de días más con unos dolores horribles... evidentemente no lo dudamos... pero me sigo acordando de ese momento todos los días...

Un besiño, recuerda que tenemos un café pendiente!

Anónimo dijo...

Sarah es un ángel y ella no lo sabe. Soy Ada. Y ayer Salem se marchó para siempre. Lo acompañé en su viaje, estuve junto a él, no lo dudé un instante, acariciándolo, hablándole, calmándolo. Y, ya dormido para siempre, lo cogí en mis brazos y lo arrullé durante unos minutos, con una pena inmensa y los ojos llenos de lágrimas. Siempre estará en mi corazón. Un pequeño gatito. Un pequeño tesoro. Gracias, Sarah.

sarah dijo...

Joselu, no fue fácil para Ada hacer lo que tuvo que hacer. Yo, como Gaëlle, lo sé porque ya he pasado varias veces por ello y nunca se acostumbra uno. Queda la convicción de que al menos le has ahorrado un final que en el caso de Salem hubiera sido muy doloroso. De todas las enfermedades que afectan a los gatos, la peritonitis infecciosa (conocida como PIF) es de las más crueles. Créeme, hizo bien.

Gaëlle, ¡qué alegría verte por este rincón! a ver si mis cuitas familiares se estabilizan un rato y nos tomamos con calma ese café prometido, ni que sea rodeada de gatos... :)

Ada, mi buena amiga Ada, ¿qué decirte? como escribía mientras dormían a Salem, la vida es un acto de equilibrio, aunque ese equilibrio no nos esté dado comprender. Tu sufrimiento no fue en vano.

Un beso a todos y gracias por comentar.

Alonee dijo...

....buenos días, Sarah...

estremecedora entrada.... siempre me repito que no debo entrar a tu rincón desde mi trabajo... y siempre falto a mi promesa... Por lo que he tenido que dar explicaciones a compañeros de por qué he empezado un lunes con lágrimas en los ojos....
Me ha encantado cómo has transmitido esta historia... No se... pero créo que no tenemos ni siquiera derecho a opinar sobre esta decisión, pero aún así, quiero dejar a Ada mi cariño, considero que ha hecho lo correcto...

un beso.

Antrophistoria dijo...

Una historia triste, estremecedora y, por otro lado, muy bien narrada.

Me da qué pensar. Y me pregunto hasta qué punto podemos decidir sobre las vidas ajenas. Ya no sólo de un animal, que en muchos casos son mejores que las personas, sino también de un ser humano. Lo vemos en el caso de Eluana, que tanto revuelo ha levantado en Italia y en resto del mundo. Me pregunto hasta qué punto podemos anteponer la moral y los ideales político-religiosos al sufrimiento de una familia y la dignidad de una persona.

Un saludo Sarah.

sarah dijo...

Sí, José, poder poder, pues no se puede, pero la gente decide cuando abandona a su gato en medio de una ciudad como Barcelona, o cuando un cazador cuelga a su perro en el bosque tras la temporada de caza, decide aquel que mantiene con vida a un ser más allá de lo natural y sensato, decide el cura que condena al fuego eterno al que pone fin a su vida, decidió Ada cuando acordó no dejar a Salem quedarse hasta "su final"... no nos gusta, no podemos, pero decidir, acabamos decidiendo todos.

Un abrazo :)

Laureta dijo...

Hola...

Una vez más, me dejas sin palabras... pobre Ada, y pobre Salem... creo que no hay en el mundo decisión más difícil que esa... Hace años tuve un perro super bonito, Lyon, se llamaba, y era un Husky enrazado con Samoyedo blanco precioso con ojos claros... a los pocos años de vida el veterinario nos dijo... este perro tiene vejez prematura, es decir, tiene 3 años pero fisiológicamente es como si tuviera 20. Aunque en ese caso no tuvimos que decidir mucho... y yo no pude ni llorar su muerte... aunque eso jamás se olvida, y jamás se pasa...

Ada, ánimo... Salem, descansa en paz!

Sarah, eres genial...

Un beso, a ti, a Ada, a Salem...

Anónimo dijo...

Gracias, Sarah, por la rectificación. Salem estaba muy guapo en esa foto. Intento recordarlo así y no sin vida en mis brazos. Recuerdo cuando llegó a casa, hace apenas tres meses, un peluchito curioso que saltaba por cualquier sitio y jugaba con Leila al pilla pilla por toda la casa. Y después...ya lo sabéis. Es difícil decidir. Es muy duro decidir sobre la vida o la muerte de un ser querido. Pero creo que el egoísmo es permitir que alguien a quien amas, sea persona o animal, sufra sin sentido, sin futuro, ver su degeneración sin remedio y obligarlo a continuar en este mundo simplemente porque no nos sentimos capaces de dejarlo partir. Salem no jugaba, apenas se movía, empezó a dejar de comer y llegaron los problemas neurológicos. Sus patas no le respondían y se quedaba con ellas rígidas, sin poder moverlas. Empezó a no poder mantenerse en pie. Y en ese momento Sarah y yo lo supimos. Yo no iba a permitir que la muerte encontrara a Salem sufriendo, inmóvil y desnutrido en un rincón. Él y yo fuimos a buscarla y murió conmigo a su lado, en mis brazos. Y nunca lo olvidaré. Un beso a todos. Ada.


Lovecats, de Benita Winkler