lunes, 15 de diciembre de 2008

Con los ojos abiertos (un esbozo)



Ángel subió una vez más a Montjuïc.

Hacía frío, pero los gatos de la montaña comen cada día.

Angel tomó su mochila, cargó los seis, siete kilos de pienso como es habitual, más la garrafa para el agua y marchó montaña arriba.

Montjuïc es una zona boscosa que está inmersa en la ciudad. Inmersa pero aparte. A medida que Ángel va subiendo van quedando atrás coches, sirenas, ambulancias, gentío. Una creciente calma va inundando el cielo y el asfalto. Los edificios van dejando paso a los bosquecillos, zonas todavía por domesticar que están en la montaña. Le gusta ese rincón verde, frente al mar, que preside toda la ciudad.

Ángel es una mujer menuda, pesa poco, toda ella es nervio y mirada. No es bonita, más sus ojos oscuros dicen tanto a veces, tan poco otras... sonríen, lloran, muestran un abanico de posibilidades que la hacen especial como tan sólo Ángel puede ser. Pero, ella lo sabe, a veces está de más en los lugares, a veces está de más entre la gente. Varias veces ha tenido que asumir esta sensación, tras un fracaso más.

Por eso se comprometió en la tarea, una tarea a veces pesada, a veces peligrosa, siempre altruista, la de echar una mano a las escasas voluntarias que se hacen cargo de los gatos, innumerables, que pueblan esta montaña.

Sube a la montaña varias veces por semana, y se aprovecha del paseo, contempla una ciudad que muda de color según pasan las estaciones.

Mas hoy ha sido una tarde especial. Un silencio más intenso presidía Montjuïc. Ángel reparó en la profundidad del gris del cielo sobre la ciudad que se hundía en el mar y hacía imposible distinguir el horizonte; franco contraste con los tonos de verde profundo de los bosquecillos. La brisa agitaba sus cortos cabellos, oscuros, surcados por algunas canas. Bajo el grueso jerséy de lana notaba frío. Demasiado frío para un cuerpecillo tan Mediterráneo.

De repente la brisa trajo un rumor de hojas muertas que iban cayendo de los árboles. Ángel se descubrió a sí misma caminando bajo una leve lluvia de hojas que, amarillentas, formaban una delicada alfombra bajo sus pies. Durante un segundo, una fracción pequeñísima, perdió conciencia de sí misma, del tiempo, del espacio. Tan solo era unos pasos relajados bajo una lluvia de hojas. Gris, verde, ocre, frío.

Despertó y sintió un leve mareo. Comía poco y mal, se dijo. Tenía que cuidarse más.

A su alrededor se arremolinaban los gatos, ante ella, la portadora de alimento. La conocían por su olor, los gatos saben mucho de olores, saben quién es quien. A lo lejos la sirena de un barco sonaba. Ángel notó una gota de agua en su rostro.

Empezaba a llover.

No se apresuró en bajar, pese a irse calando lentamente bajo el jerséy. Le gustaba ese frío, esa sensación de soledad extrema en una tarde desapacible ante la ciudad. Los escasos transeúntes la miraban como se mira a un loco. Pero ella les ignoró, siempre lo hacía. Gustaba de caminar bajo la lluvia, ajena al resto del mundo.

De regreso a casa una presencia apareció en su mente. Volvió a pensar en quien no debía. Se fue hace tiempo ya. Sabía, siempre que subía a la montaña sabía, que no regresaría. Demasiada traición, demasiado egoísmo, demasiado dolor causado, quizá una mínima vergüenza le impediría regresar para explicar qué le impulsó a irse así y a tratarla con tan pocos miramientos.

Pero esta vez, lejos de sentir dolor, Ángel sintió bajo la lluvia que las cosas eran así y una gran sensación de paz la inundó, como en ese lapso de tiempo en que se desdibujó por entero, bajo la caída de miles de hojitas...

Cerró los ojos, se detuvo ante la ciudad gris y húmeda.

Los abrió de nuevo. Se sintió bien, tranquila.

Ángel regresó a casa, mojada y sonriente tras el paseo.

3 comentarios:

Antrophistoria dijo...

Hola Sarah, si el texto "con los ojos abiertos" es sólo un esbozo lo llevas bien encaminado. Me gusta. Además, en estos tiempo de crisis, hay que ir siempre así, con los ojos de par en par.

Te he respondido en mi blog al comentario que me hiciste sobre el darwinismo. Perdona la tardanza pero estoy bastante ocupado últimamente. El movimiento es salud, así que no paro de moverme.

Por cierto, me gusta el efecto de nieve que le has puesto al blog, muy navideño. A pesar de que no soy creyente, me gusta la navidad desde un punto de vista más pagano o social, no sé. El caso es que me gusta. Besos.

El Criticon dijo...

Yo vivo al otro lado de ese Montjuic lleno de gatos,
el mio esta lleno de rumanos.
No soy racista, pero preferiria ver a Angel y a sus gatos, porque esta es mi ciudad y esta es mi montaña, y a veces siento que me la intentan arrebatar esta gente de mal vivir.
Saludos

sarah dijo...

¡Hola!

Antrophistoria: me gusta que te guste lo que escribo, gracias por aportar tus comentarios. El efecto nieve es sencillo pero me gusta, es una manera de crear cierto tonillo invernal. Yo prefiero celebrar lo ancestral y pagano a lo que ahora se disfraza para despilfarrar, aturdirse y no pensar demasiado. Pero existe un espíritu de la Navidad, en algún rinconcillo, existe.

Criticón: Conozco Montjuïc, da mucha pena que ciertos personajes algo macabros y tétricos la estén estropeando y haciendo de ella, en ciertos momentos del día, un lugar peligroso. De rumanos yo no he visto muchos, aunque sí es verdad que los que hay se dedican a timar a los turistas, pero la otra fauna, la de hombres que van a buscar sexo cutre y underground, es alucinante, y que conste que no tengo nada en contra del mundo gay, sino del cutrerío y de la suciedad que dejan estas personas tras sus actos. Al margen de esto, este rincón de Barcelona tiene algo de bonito y mágico, que merece la pena disfrutar.


Lovecats, de Benita Winkler