
Hace mucho que no escribo. No he tenido ganas. No he tenido tiempo.
Necesitaba un tiempo de silencio. Me quedé sin nada que decir, sin nada que explicar.
También es cierto que estoy inmersa en una suplencia en el hospital que me ocupa casi todo el día. Es un trabajo de tres semanas que está poniendo a prueba mi capacidad de adaptación, mi resistencia al estrés y a un ritmo de trabajo duro y exigente. Es un trabajo apasionante, variado, pero agotador, sobretodo al principio.


Todo a mi alrededor me ha empujado al silencio, a no mirar ni siquiera mi buzón de correo; no he paseado por la red, no he visitado blogs amigos. No sé la razón, simplemente lo necesitaba para concentrarme en otra cosa.

Pero esta mañana, desde el autobús que me llevaba al hospital (ni ganas de andar he tenido) he contemplado la salida del sol, una vez más, desde el mar. Bajar del autobús, respirar el aire fresco de la mañana, oler el salitre, llenarme los ojos con los azules de cielo y mar me ha devuelto... es como si hubiera despertado de un largo sueño.
No me di cuenta y casi nos roza el otoño, mi estación favorita. El día antes del pasado otoño me decidí a escribir para nadie, para todos, en este rincón que casi se quedó vacío y que se ha ido llenando a fuerza de palabras, música, comentarios y algunos paseos.
Así que, como aquellas flores del árbol de la lana que florecen al final del estío... regreso a la palabra y sigo buscando.
Las fotografías de la puesta de sol se tomaron en Prenafeta el fin de semana pasado, en una casa preciosa perdida en el bosque que una buena amiga me deja de cuando en cuando para que no olvide lo que es realmente importante.