sábado, 28 de febrero de 2009

¿Huele a primavera?



Soy un madrugadora compulsiva, a la caza de momentos de soledad en silencio.

Hace días que espío el frío amanecer mediterráneo.



Va amaneciendo más temprano. Día tras día, un poquito más, lenta, imperceptiblemente.

Ayer una explosión de colores ante al mar, ante el hospital recibían al personal que salía del turno de noche, a los que entrábamos a fichar.

Al oeste el trabajo, ante el este profundo, la línea del horizonte, el sol, alto ya nos saludaba.

Esta mañana he escuchado los cantos de pájaros que hacía tiempo no escuchaba.

Se acerca, la primavera, por fin, se aproxima.

martes, 24 de febrero de 2009

La Boquería: a la caza de sabor y simplicidad






De pequeña solía acompañar a mi madre al mercado más bonito de Barcelona: la Boquería.

Cada sábado, temprano, tomábamos el metro que en tres paradas nos dejaba en plena Rambla de las Flores. Mi madre trabajaba en casa como bordadora. Como la mujer organizada que ya entonces era, solía comprar una vez a la semana en el mercado. Luego, durante la semana, si faltaba alguna cosa más sencilla nos apañábamos en las tiendas del barrio. Era aquel un mundo simple y conocido. La panadería, la verdulería, le lechería, la tocinería... y luego el mercado de los sábados.

Odiaba el mercado. Odiaba acompañar a mi madre en un lento peregrinaje de tiendas, casi siempre las mismas: primero la fruta, luego el pollo y el conejo, algo de carne de toro cuando era la época, algo de pescado, que repartía luego en cestas que llevábamos entre ella, mi hermana y yo. No lograba entender qué sentido tenía aquel tiempo perdido mirando, preguntando precios, comparando texturas y frescuras misteriosas que no lograba comprender.

Con el tiempo me aficioné de una manera natural a la cocina. Fue algo que nadie me impuso. Progresivamente el misterio de una tortilla fue dando paso a la fascinación por un bizcocho, por un guisado. Ayudar a mi madre en la preparación de los canalones navideños se convirtió en parte de la fiesta, o mis robos a hurtadillas de las barritas de canela que mi madre añadía a la crema catalana el día de San José (tan deliciosas). Ya no me parecía tan engorroso viajar al mercado de cuando en cuando.

Entre mi infancia y la edad adulta comenzaron a surgir los supermercados cerca de mi casa. Al principio fue curiosad, luego divertimento, al final se hacía práctico ir allí porque "había de todo", en relativamente poco tiempo salías con la compra hecha, que si bien no tenía el encanto y la calidad de la fruta y el pescado comprado en el mercado, resultaba práctico.

Progresivamente fuimos dejando la compra en el mercado. El supermercado nos ahorraba tiempo y preocupaciones, disponibilidad horaria, disponibilidad de productos. Sin darnos cuenta fuimos introduciendo más y más alimentos manipulados. Todo ya hecho o casi, "para ahorrar tiempo". Formatos cómodos, atractivos, menos pesados. Siempre con las consignas "ahorrar tiempo y espacio".

Así que un buen día te fijas en lo que has comprado, mientras esperas, aburrida, en la cola del súper para pagar. Observas, miras alrededor y te aterras porque no ves comida real, ves cajas, productos químicos, saborizantes, conservantes, mejorantes, espesantes, estabilizantes, glucosa, betacarotenos, omegas 3 hasta en la leche de vaca...

Entonces recuerdas el dichoso mercado de tu infancia; te compras una cesta o un carro de la compra. Un buen día te acercas temprano, a curiosear. Te das de bruces con lo que nunca había desaparecido. La comida estaba donde siempre estuvo.

Llevo tiempo cambiando hábitos en mi hogar, no se puede hacer la revolución con un preadolescente y un hombre sensato pero acostumbrado a lo más convencional de la alimentación actual. Mis tendencias alimentarias han ido variando a lo largo del tiempo. He adoptado modas, tendencias éticas y demás. Creo estar en el camino hacia cierto punto de equilibrio entre ética y salud, entre naturaleza y cultura. Intento (no sé si lo logro) imponer sensatez en la alimentación doméstica.

Por eso hace tiempo que regresé al mercado. Todavía, soy sincera, piso algún supermercado de barrio, pero van siendo muy pocas veces. Puedo decir que el 90% de los alimentos que compro son fruta, verduras, carne, pescado sin manipular ni aderezar.

Un consejo que una persona sabia me dio hace tiempo fue "no compres nada que tenga lista de ingredientes".

Es un consejo breve, sencillo, muy fácil de seguir.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Música nocturna



En la casa reina el silencio. Tan solo estas notas rompen un equilibrio de respiraciones, susurros.

Es negra noche, el cielo, luce, azul profundamente oscuro, a través de mi ventana.

Ha sido un día largo, de esos en que se vive sin prisas, sin pausas, se contempla todo, se contempla una misma sin sacar conclusiones.

No se puede ser tajante, no siempre hay conclusiones.

Pero, ahora todo es más simple porque es de noche.

Silencio. Tan solo algo de música suena en la estancia.

Ángel me mira desde el fondo de la estancia. Fuma un cigarrillo. Apenas habla. Me mira y tuerce el gesto.

Sabe lo que pienso. Sabe que le doy demasiadas vueltas a las cosas.

Me mira a través del humo de su cigarrilo. Déjalo ya, déjale ir, olvida, parece decirme, en una expresión que, aunque parca, comprendo perfectamente.

Se levanta. Se despereza y pasa por mi lado. Deja una estela de tabaco negro, duro, como ella. Su mano en mi hombro, un breve instante, me lo dice.

¿Por qué demonios piensas tanto?

Eso, ¿por qué demonios pienso tanto?

Ética en el supermercado













Un día cualquiera.

Hago cola en el supermercado. Contemplo en el carro todas las cosas que he comprado.

El aburriemiento me puede y miro, sin mirar, los carros que tengo por delante.

Miro.

Giro mi cabeza, observo detenidamente los carros que hay detrás.

Los carros que veo están llenos. Sí. Llenos de cajas, embalajes, etiquetas, plástico por doquier. Observo con más atención: galletas con sabor a tal, batidos lácteos que se prometen estar llenos de fruta. Pasta que lleva verdura. Leches que llevan ácidos grasos propios de pescados azules. Envases, potingues, más embalajes...

Apenas distingo lechugas, hojas verdes, alimentos sin manipular, no veo casi fruta; en cambio veo montones de casei immunitas, veo yogures con poderes extraordinarios (léase quitarnos arrugas de la piel de las maduritas, o bajar la tensión de nuestros regordetes maridos, aumentar las defensas de nuestros cachorros o ancestros...) superalimentos de diseño que parecen salidos de una de las naves espaciales de 2001. Barritas que prometen milagros, leches con calcio "de leche leche, por supuesto", precocinados vitaminados envueltos en sofisticados cartones (ehhh, reciclados, por "ecológicos", que no quede), helados con "auténtico sabor a fresa", zumos "mejores incluso que los naturales", gazpachos que juran ser más auténticos y baratos que los hechos en casa de toda la vida...

Miro y me siento como el marciano de "Sin noticias de Gurb".

Me hago una pregunta muy simple:

¿Dónde se esconde la comida de verdad en nuestros carros?

jueves, 5 de febrero de 2009

La vida: un acto de equilibrio (dedicado a Salem)



Una tarde lluviosa invade la ciudad. He paseado bajo la lluvia por Montjuïc a primera hora de la tarde, dejando calar el agua en mi jersey y en mi pelo. El silencio de la montaña, la profundidad de sus verdes arbóreos se combinaban con el gris del cielo y todo el conjunto hacía dulce el paseo, sin demasiados pensamientos en la mente, dejando perder la mirada ante la curva sinuosa de Collserola al fondo, como una frontera que delimita, que protege, la ciudad.

A veces nos vemos asumiendo responsabilidades que no deseamos, o que no sabemos cómo nos caen encima, algunos seres son como imanes: atraen esas responsabilidades, como otros son artistas en endosarlas a los demás.

Decidir es un verbo castellano que viene del latín decidere. El prefijo de, indicaba separación y el verbo caedere, pegar, cortar, romper y matar. Realmente, su significado etimológico no deja lugar a dudas.

Tomar decisiones no es algo que nos guste demasiado, me temo. Tomar decisiones comporta un riesgo, el que equivocarse. Jugamos con la sensatez, con la osadía, deducimos las consecuencias en ocasiones, en otras, apenas nos atrevemos a adivinar lo que pasará. Decidir es un pequeño ejercicio de libertad, de la poquita que se nos permite.

Decidir no es peligroso, si es uno mismo quien sufre las consecuencias. No pasa nada. No es tan sencillo hacerlo cuando es sobre otro ser. En ocasiones jugamos a ser Dios y decidimos si alguien vive o no está ya en condiciones de hacerlo. Ahí se terminaron las facilidades, decidir es en sí mismo un acto injusto, terrible.

Hoy no es un día cualquiera. No muy lejos de aquí Salem quizá todavía dormite en un sueño inquieto, sueñe una vida, viva una muerte. No ha sido un día fácil para él, ni para Ada, que lo acogió y vive con él. Ada sabe que Salem no está bien. No hace mucho le dijeron que tan solo un milagro podría salvarlo. A veces, toda la magia del mundo no puede lograr lo que ya está escrito. Salem, como tantos otros seres, ha tenido mala suerte y le tocó la lotería de la enfermedad incurable. Había que ver hasta cuándo estaba ella dispuesta a dejarle sufrir.

Ayer lo hablamos: se le acaba el tiempo y ambas lo sabíamos.

Salem no puede decidir. Ada sí. Ada le dejará marchar con dignidad.

A Salem no le dolerá. A Ada sí. Mucho.

Tan solo deseo que Ada recuerde siempre que en el fondo, siempre ha sido así, la vida, dejando de lado que sea justa o no lo sea, es siempre, siempre, un acto de equilibrio. No es sencillo de entender, no lo parece, pero...

Quiero pensar, un poco inocentemente, que también es un acto de amor.




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Postcriptum: Me confundí. Ada adoptó en su momento a dos gatos en una protectora cercana a la capital catalana: Salem y Leila. Las fotos aparecen cambiadas. Salem es la preciosidad blanca y negra que, ahora sí, aparece en este post, escrito durante su última tarde en este mundo. Creo correcto dejar también una foto de Leila, la panterita negra que confundí en uno de mis típicos errores de bruja despistada que quiere llegar a todo y no puede. Leila sigue viviendo en casa de Ada, feliz y ajena (o no tanto) al dolor que ha supuesto para Ada la marcha de Salem. Dice un dicho hebreo "quien salva una vida, salva el mundo". La vida vale igual para un gato que para una mariposa que para un primate humano. La vida es vida y a mi modesto entender igual de sagrada, tome la forma que tome.

Va por ellos y por quienes la defienden, dentro del respeto y la sensatez.


Lovecats, de Benita Winkler