martes, 30 de septiembre de 2008

Madalenas de brujilla...


Ingredientes:
Con el vaso vacío de un yogur tomo las siguientes medidas:
3 vasos de harina integral de centeno o maíz
medio sobre de levadura (tipo Royal)
1 vaso de azúcar moreno
1 vaso de aceite de oliva extravirgen
3 huevos grandes
la ralladura de la piel de un limón
tropezones de chocolate (70 %)
semillas de anís.
  1. Encender el horno, fuerza media (el mío va a "ojímetro")
  2. Engrasar 8 moldes de flan con un poquito de aceite de oliva (yo lo hago con un pincelito)
  3. Batir en un bol de cristal los huevos con brío.
  4. Cuando los huevos están espumosos, añadir el azúcar y seguir batiendo un par de minutos.
  5. Añadir el aceite, dos minutos más de batido.
  6. Añadir la ralladura del limón, el chocolate a trocitos y las semillas de anís. Batir ya un poquito para mezclar.
  7. Con una cuchara de madera ir añadiendo la mezcla de harina y levadura, no hace falta batir, tan solo ir añadiendo la harina con movimientos envolventes de la cuchara, la idea es integrar la harina a la masa, no hace falta trabajarla ya mucho más.
  8. Se llenan los moldes hasta la mitad aproximadamente.
  9. Se cuecen al horno entre 10-13 minutos (según el horno podría variar).
  10. Se desmoldan y ya tenemos unas madalenas gordotas para desayunar, muy rápidas de hacer y más sanas que esas industriales que nos venden por ahí fuera :))

Hoy ando algo perezosa en escritura, y tenía en mente subir esta recetilla que hago con frecuencia para los de casa. El viernes pasado llevé a mis compañeros de trabajo pues acababa mi periódo de suplencias de septiembre y fueron un éxito, gustaron a todas.

A ver si alguen se atreve a probarlas y nos cuenta su experiencia.

lunes, 29 de septiembre de 2008

La gata de Prenafeta

Prenafeta es un pueblo minúsculo, perdido en la ladera de unos montes, a unos 10 km de Montblanc, que es una localidad en medio de la comunidad catalana. Montblanc dista sobre cuarenta kilómetros de Tarragona, unos cincuenta de Lleida y 110 de Barcelona. Se diría que está en el centro de todo el pequeño universo catalán.

Una conocida tiene una casa en este pueblín. En ocasiones me la deja para ir a pasar unos días. Por unas gestiones que tuve que hacer el sábado en Tarragona, pasamos todo el fin de semana en ese rincón de mundo.

La casa que esta mujer tiene allí es un regalo de los dioses o de los míos particulares. Es una modesta masía, decorada con gusto tan exquisito como sencillo. No hay apenas más gadgets electrónicos que una nevera, un horno electrico (que, por cierto, Teresa, no funciona :-) ), un equipo de música, una batidora, una licuadora, y un calentador para el agua. Allí apenas encontraréis nada de plástico, todo es de vidrio, los platos, los recipientes son en su mayoría de barro, quizá alguna olla de hierro colado. En los estantes hay muchos libros: de plantas, de cultivo ecológico, de historias que tienen que ver con animales, de filosofía, de tribus de la tierra... alrededor de la casa hay terrenos en los que hay árboles frutales que crecen a su aire, pues Teresa apenas tiene tiempo de podarlos o cuidar de ellos. Cerca apenas hay alguna casa más, todo son bosques, pistas forestales. Sólo hay naturaleza y silencio.

Ir a ese lugar del mundo es encontrarse con uno mismo, reencontrar el silencio de lo esencial, en el placer de lo sencillo. Es regresar a los orígenes, al principio de todo. Como comprenderéis, adoro ese lugar, lo venero como un rincón sagrado que está apenas a una hora de coche de la gran ciudad.

Regresar este fin de semana a este lugar ha sido especial por muchos motivos. Quizá el principal es que la primera vez que estuve, en agosto del 2007, quien escribe este post era alguien bastante distinto al que escribe ahora. Era más joven, claro, tenía más confianza en la gente, descubría, maravillada un universo de posibilidades.

La que se sentaba en el jardín a ver las estrellas, tras la cena ante un fuego de leña, se descubrió a sí misma como a alguien más adulto, más sereno, pero también más desengañado de los seres humanos, más desconfiado.

Ayer, domingo, almorzábamos en el porche. El día era bueno y la temperatura invitaba a holgazanear bajo el sol, como los dragoncitos y salamandras que nos miraban desde las piedras del jardín. En esa zona hay gatos. El verano pasado hicimos amistades con una gata negra, muy cariñosa, que venía cada anochecer o al mediodía a pedir su ración de mimos y comida. Durante el fin de semana no había aparecido y lleguamos a pensar que había muerto. Bien, hacia el final del almuerzo apareció, algo coja, más viejita, a pedir comida. Le pusimos, mas al acercarnos, ella se retiró temerosa. Por más que hicimos por aproximarnos no conseguimos que sucumbiera a nuestro encanto felino. Mi pareja comentó: "algo le ha pasado a esta gata, era muy confiada y alguien le habrá dado un buen testarazo, para que ahora reaccione así".

La miré alejarse, parsimoniosa, indiferente a nuestros mimos... de repente me entendí, totalmente reflejada en aquel ser silencioso que tan solo nos maulló en la puerta de la casa para desaparecer del todo. Cómo nos cambian los hechos, las personas, qué sencillo es hacer daño a un ser que confía ciegamente en otro.

En esas recordé el final del argumento de Amistades Peligrosas. En ella, por una apuesta, el marqués de Valmont enamora a madame de Tourvel. Por toda justificación de la charada llevada a cabo, él no hace más que repetirle "ya no os amo, no he podido evitarlo" el día que la deja.

A veces se nos hiere, con intención o sin ella. La gente hiere, nos adulan, nos hablan de eternidades que un buen día se esfuman, ¿a quién culpar? ellos, "no han podido evitarlo" tampoco.

Y por eso esa gata desconfiaba, ¿cómo reprocharle? tampoco era culpa suya su reacción.

¿Se puede, pues, confiar en alguien? ( .... pshhh no hay respuesta, cada cual que elija la suya). Yo he aprendido que la confianza no es posible, el secreto está en no albergar expectativas. Mejor no esperar nada de nadie, nada más allá de nosotros mismos. Creo que como lección, a mí me vale para lo que tenga que venir en mi historia.

Así que regresé ayer tarde a casa, con la sensación de haber acabado de leer un libro. No estuvo mal, algo aprendí, aparte de haber tenido el placer de un día y medio de bosques y silencio, del que tan necesitada ando...

viernes, 26 de septiembre de 2008

La velocidad y el tocino...


Hace apenas un mes pasé cinco días en el País Vasco. No había estado por aquellos lares más que de pasada, hace quince años, entonces me quedé con ganas de más. Así que, tras un verano bastante desastroso en lo personal, con subidas y bajadas dignas del más osado DragonKan... toda la familia estuvo de acuerdo en ir a descubrir esa parte del norte. Me gustó. A rabiar. Me encantó Euskalerria. Me sentí en casa, me sentí cómoda y acogida. Me enamoré de su mar Cantábrico, tan distinto al mío, el Mediterráneo, al que le soy infiel cada vez que contemplo algunas de las fotos que hicimos esos días.

Curiosa como es esta brujilla que escribe, me interesé por todo lo simbólico, lo ancestral de la zona. De la geografía y sus paisajes hablaré en otro momento porque conmovieron mi alma. Urdaibai es sin duda una de los entornos naturales protegidos más bonitas que han visto mis ojillos.

Compré un lauburu de metal con su colgante cerquita del museo Guggenheim. Me atrajo su silueta, entre cruz y flor de cuatro pétalos.

En Gernika, la señora de la tienda de recuerdos que hay próxima a la Casa de Juntas me contó su significado, que paso a explicar.

Se le considera un símbolo precristiano y parece tener algo que ver con otros tipos de cruces indoeuropeas (agrupadas todas bajo la denominación sánscrita de esvásticas). Se la ha relacionado con las cruces celtas y con las de otros pueblos de la cornisa cantábrica (como la cruz de los astures o la cruz celta cántabra, llamado labaro). Por un lado su nombre viene del euskara lau, que significa cuatro y buru que significa cabeza. Así, uno de los significados de este símbola es cuatro cabezas, que parecen hacer referencia a las cuatro tribus vascas de la época prerromana: Autrigonia, Basconia, Caristia y Vardulia. Hay otras fuentes que explican que esta cruz simboliza los cuatro elementos primordiales de la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego. Por otro lado este símbolo posee un significado solar que lo relaciona con la el ciclo de la vida y la muerte según se miren sus brazos de este a oeste (vida) o de oeste a este (muerte).

Hasta aquí la lección de historia y simbología. El caso es que yo no vi más allá de un símbolo anterior a nuestra cultura de la prisa y la tecnología, algo bonito que me iba a recordar los inolvidables días pasados en Euzkadi. Lo llevo puesto, claro.

La cosa es que varios conocidos ya lo han mirado con extraña. Una me avisó, algo escandalizada, de que "eso" parecía una esvástica nazi y que alguien podía malinterpretarlo. Me quedé de un aire. Jamás se me hubiera ocurrido establecer paralelismos. De hecho esta cruz, como otras, sí que es realmente un tipo de esvástica, pero no tiene nada que ver con ideologías nazis ni nada similar. Contesté a mi compañera de trabajo, muy digna yo, que "si no había estado nunca en el País Vasco" (¡Amos hombre!)

Me pareció incluso divertido, pero luego me puse a pensar (¡cielos, qué peligro!) en lo que son las cosas, las apariencias, las interpretaciones que damos a las señales y los símbolos, en que vemos lo que queremos ver, o nuestra imaginación va por su cuenta y riesgo, siempre al acecho de algo perverso, donde no hay perversidad. Cuando vi por primera vez el lauburu yo vi una flor, una cruz, algo bonito; pero otros ven restos de un momento penoso en la historia de la humanidad (han habido tantos, ¿verdad?). Cada uno ve lo que ve. El mundo no deja de ser el mundo pese a mirarlo con unos ojos u otros. ¿Cuestión de perspectivas?

Ahí queda eso.

Lo hablé con mi pareja, quien me sugirió que dejara de llevarlo, "por si acaso". Lo pensé y me dije que no iba a hacerlo. Así que estais avisados: seguro que voy a presenciar más de una anécdota llevando un símbolo tan peligroso como éste, que no dudaré en compartir con vosotros.

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Sé que algunas amigas y Laureta visitaron este rincón, antes de que esta humilde servidora descubriera cómo habilitar la opción de escribir comentarios a los blogs. Cosas de brujilla novata que se hace un lío con el libro de pócimas y la varita mágica del hada, su alter ego. Laureta me ha otorgado ya un premio que voy a subir aquí en breve (¿te di ya las gracias, guapísima?). Pero quiero dedicar esta entrada a la primera persona que me dejó un comentario en este blog y que me hizo una especial ilusión: a Montxu, oriundo de esa tierra que he descubierto antes de que muriera el verano. Me hizo gracia que fuera precisamente un chicarrón del norte el que se paseara por esta buhardilla y dejara su primer comentario. Con el poquito euskara que aprendí allí te digo: muxu bat Montxu. Y al resto, pues también :)))

martes, 23 de septiembre de 2008

¡otoño!

Ahora sí, ya estamos inmersos en la nueva estación. Con el otoño la lluvia ha aparecido en la ciudad y la ha llenado de grises, de paraguas, de calles mojadas.

Casi todas las mañanas voy caminando hacia el trabajo, que está en la misma playa. Es una costumbre que adoro, suelo hacerlo con música, otros días lo hago en silencio, atenta a los sonidos de una gran urbe como es Barcelona, que se va despertando a mi paso, si es que llega a dormir en algún momento del día. Soy una fiel oteadora de amaneceres urbanos, contemplo los tonos del cielo que va clareando lentamente, que cambian en cuanto me aproximo al mar. El olor de salitre llega a veces hasta la puerta de mi casa. Hay siempre un momento mágico en esos paseos: cuando llego al Paseo Marítimo y me detengo en la barandilla, ante la playa. Miro el mar, miro el cielo, observo detenidamente la línea del horizonte y se me llenan los ojos de los colores del amanecer. Muchas veces bajo hasta la orilla del mar, me descalzo y voy caminando sobre la arena, para sentir el frescor de la mañana en mis pies. La música se detiene para dejar paso al sonido de las olas romper... nunca, nunca veré dos amaneceres iguales. Siempre un matiz, un detalle, un leve cambio en el mar Mediterráneo, tan amable y tranquilo. Con el otoño sé que iré dejando de ver amaneceres pues cada día el sol sale algo más tarde. El año pasado corría en lugar de caminar y la visión del mar justo antes de comenzar a divisar las primeras luces fue algo que ponía un puntito de eternidad a mis mañanas. Nada podía ir demasiado mal después de vivir un momento así...

Hacía días que no veía a mi Mediterráneo bajo la lluvia. La línea del horizonte se dibujaba en esta tarde gris y apagada, que le ha puesto un tono tan de otoño a mi día.

Para acabar de celebrarlo, ya hemos comprado los primeros boniatos, para asar, en casa. Su textura, su color, lo delicado de su dulzor contrastan con el color del día... gris en la calle, en el mar, naranja en mi cocina.

De todos modos... la foto que adjunto no es de boniatos. Es una crema de calabaza que probé a hacer el invierno pasado. Es su bonito color naranja lo que me impulsa a subirla al blog. Un detalle sorprendente: la crema es... cruda, y lo que se ve sobre ella, con ese tono blanco tan de nieve no es crema de leche, es... crema de macadamias batida. Espero que os guste.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Casi otoño...

Hoy he presenciado el último atardecer de este verano, se nos va, se acaba y llega el equinocio de otoño, mi favorito.

En mi ciudad el tiempo ha estado tontorrón, el sol se ha dejado ver más bien poco, ha sido un día de esos, casi de norte marinero, algo tristones y tranquilos, en los que el final del verano va dejándose ir.

Es buen momento para comenzar este blog. No sé por qué motivo comienzo a escribir, no tengo declaración de principios. No sé nada, estoy en el camino, como vosotros, y me apetece poner algo por escrito, por compartirlo.

Leí hace unas semanas, del blog de alguien, que el lenguaje era algo que le impedía conectar con la realidad, que le confundía el mundo de las palabras, que las relaciones le obligaban a una continuidad de dar y recibir. Me dio mucho que pensar. El lenguaje no deja de ser más que un intento de transmitir a los demás algo de lo que llevamos dentro, de lo que aprehendemos, piel afuera, piel adentro. Sé que es difícil hacer llegar a los demás todo lo que bulle en nuestro interior, ni a los demás hacernos comprender lo que sienten ellos, no nos conocemos y jactarse de conocer a otro suele ser pretencioso. Sobre las obligaciones... pues es uno mismo quien se las crea, no los demás. Aunque a veces arrastramos lastres tremendos y tendemos a lastrar también, sin querer, a los demás.

Me apetece contar algunas cosas, y me gustaría que otras personas me comentasen las suyas, no tengo intenciones de hacer de éste un blog monotemático, antes al contrario, deseo escribir sobre todo lo que se me ocurra y me parezca digno de compartir. También me apetece leer lo que la gente que se pase por este rincón del ciberespacio desee contarnos.

La buhardilla es... un refugio que me he inventado. Surgió hace algo más de un año y he estado a punto de cerrarla para siempre. Me dije, "en el fondo, yo misma hice realidad este rinconcillo, ¿por qué no dejarlo abierto, por si alguien más precisa de un lugar a resguardo de vientos y galernas?"

La buhardilla queda abierta. Sed todos bienvenidos.

Lovecats, de Benita Winkler