Prenafeta es un pueblo minúsculo, perdido en la ladera de unos montes, a unos 10 km de Montblanc, que es una localidad en medio de la comunidad catalana. Montblanc dista sobre cuarenta kilómetros de Tarragona, unos cincuenta de Lleida y 110 de Barcelona. Se diría que está en el centro de todo el pequeño universo catalán.
Una conocida tiene una casa en este pueblín. En ocasiones me la deja para ir a pasar unos días. Por unas gestiones que tuve que hacer el sábado en Tarragona, pasamos todo el fin de semana en ese rincón de mundo.
La casa que esta mujer tiene allí es un regalo de los dioses o de los míos particulares. Es una modesta masía, decorada con gusto tan exquisito como sencillo. No hay apenas más
gadgets electrónicos que una nevera, un horno electrico (que, por cierto, Teresa, no funciona
:-) ), un equipo de música, una batidora, una licuadora, y un calentador para el agua. Allí apenas encontraréis nada de plástico, todo es de vidrio, los platos, los recipientes son en su mayoría de barro, quizá alguna olla de hierro colado. En los estantes hay muchos libros: de plantas, de cultivo ecológico, de historias que tienen que ver con animales, de filosofía, de tribus de la tierra... alrededor de la casa hay terrenos en los que hay árboles frutales que crecen a su aire, pues Teresa apenas tiene tiempo de podarlos o cuidar de ellos. Cerca apenas hay alguna casa más, todo son bosques, pistas forestales. Sólo hay naturaleza y silencio.
Ir a ese lugar del mundo es encontrarse con uno mismo, reencontrar el silencio de lo esencial, en el placer de lo sencillo. Es regresar a los orígenes, al principio de todo. Como comprenderéis, adoro ese lugar, lo venero como un rincón sagrado que está apenas a una hora de coche de la gran ciudad.
Regresar este fin de semana a este lugar ha sido especial por muchos motivos. Quizá el principal es que la primera vez que estuve, en agosto del 2007, quien escribe este post era alguien bastante distinto al que escribe ahora. Era más joven, claro, tenía más confianza en la gente, descubría, maravillada un universo de posibilidades.
La que se sentaba en el jardín a ver las estrellas, tras la cena ante un fuego de leña, se descubrió a sí misma como a alguien más adulto, más sereno, pero también más desengañado de los seres humanos, más desconfiado.
Ayer, domingo, almorzábamos en el porche. El día era bueno y la temperatura invitaba a holgazanear bajo el sol, como los dragoncitos y salamandras que nos miraban desde las piedras del jardín. En esa zona hay gatos. El verano pasado hicimos
amistades con una gata negra, muy cariñosa, que venía cada anochecer o al mediodía a pedir su ración de mimos y comida. Durante el fin de semana no había aparecido y lleguamos a pensar que había muerto. Bien, hacia el final del almuerzo apareció, algo coja, más viejita, a pedir comida. Le pusimos, mas al acercarnos, ella se retiró temerosa. Por más que hicimos por aproximarnos no conseguimos que sucumbiera a nuestro encanto felino. Mi pareja comentó: "algo le ha pasado a esta gata, era muy confiada y alguien le habrá dado un buen testarazo, para que ahora reaccione así".
La miré alejarse, parsimoniosa, indiferente a nuestros mimos... de repente
me entendí, totalmente reflejada en aquel ser silencioso que tan solo nos maulló en la puerta de la casa para desaparecer del todo. Cómo nos cambian los hechos, las personas, qué sencillo es hacer daño a un ser que confía ciegamente en otro.
En esas recordé el final del argumento de
Amistades Peligrosas. En ella, por una apuesta, el marqués de Valmont enamora a madame de Tourvel. Por toda justificación de la charada llevada a cabo, él no hace más que repetirle "ya no os amo, no he podido evitarlo" el día que la deja.
A veces se nos hiere, con intención o sin ella. La gente hiere, nos adulan, nos hablan de eternidades que un buen día se esfuman, ¿a quién culpar? ellos, "no han podido evitarlo" tampoco.
Y por eso esa gata desconfiaba, ¿cómo reprocharle? tampoco era culpa suya su reacción.
¿Se puede, pues, confiar en alguien? ( ....
pshhh no hay respuesta, cada cual que elija la suya). Yo he aprendido que la confianza no es posible, el secreto está en no albergar expectativas. Mejor no esperar nada de nadie, nada más allá de nosotros mismos. Creo que como lección, a mí me vale para lo que tenga que venir en mi historia.
Así que regresé ayer tarde a casa, con la sensación de haber acabado de leer un libro. No estuvo mal, algo aprendí, aparte de haber tenido el placer de un día y medio de bosques y silencio, del que tan necesitada ando...